Colombia corta la 'paz total' y vuelve al narco
Abelardo de la Espriella cerró las mesas con el ELN y el Clan del Golfo, relanzó la erradicación y se alineó con Washington. El giro es el fin del relato de Petro: sin control territorial no hay paz, hay cartel.
En poco más de un mes, el presidente colombiano Abelardo de la Espriella hizo lo que el gobierno anterior evitó con un eufemismo: llamar al narco por su nombre y tratarlo como enemigo, no como interlocutor.
Revocó a los representantes del Estado en las mesas con el ELN y con el Ejército Gaitanista (Clan del Golfo). Le puso fecha de cierre a la oficina que sostenía la “paz total” de Gustavo Petro. Ordenó recuperar territorio en el Catatumbo. Anunció fumigación, destrucción de laboratorios y persecución de capos. Con Marco Rubio acordó más cooperación, ingreso al Escudo de las Américas y un paquete que bautizó Plan Patriota Siglo 21: radares, drones, inteligencia, fuerzas especiales. Colombia pone plata propia y pide apoyo de Estados Unidos.
Lo que Petro dejó creciendo
La “paz total” se vendió como humanismo. En el terreno fue otra cosa: cultivos que se expandieron, mesas que no desarmaron a nadie y un Estado que negociaba mientras el cartel facturaba. La erradicación manual se desplomó. El resultado no fue menos sangre. Fue más cocaína y más poder armado en la periferia.
De la Espriella llegó con una frase de campaña que ahora ejecuta: implacable con el narcoterrorismo. En las primeras semanas hubo bombardeos a disidencias de las FARC, capturas, decomisos y un contrato para volver a intervenir cultivos. Un juez en Putumayo ya frenó un piloto de aspersión. Eso también forma parte del mapa: la ofensiva no solo se pelea en el monte; se pelea en el juzgado.
El dato que importa a la Argentina
La cocaína que sale de Colombia no se evapora en el Caribe. Baja por Brasil, Paraguay y la hidrovía. Prefectura incautó este lunes más de 324 kilos en Misiones, entrando desde Paraguay. El NEA no es un espectador. Es corredor.
Un Bogotá alineado con Washington contra el narco le sirve al Cono Sur más que un Bogotá que discute “derechos” del cultivador mientras el laboratorio trabaja de noche. Cooperación de inteligencia, extradiciones y presión financiera sobre cripto y aduanas —De la Espriella metió a la Fuerza Pública en seccionales de la DIAN fronterizas— es más serio que otra ronda de diálogo con quien no entrega las armas.
Mano dura no es relajo institucional
La crítica previsible ya está en circulación: que la mano dura repite excesos viejos. Es un riesgo real. Un Estado liberal no celebra cadáveres en camera ni convierte al presidente en vocero de bolsas. Celebra que el monopolio de la fuerza vuelva al Estado y no al clan.
La prueba será doble. Una: hectáreas, laboratorios y finanzas, no solo comunicados. Dos: que la fuerza no se coma a la Justicia. Cerrar mesas que eran teatro no autoriza a convertir al país en un parte de guerra permanente.
Petro le puso poesía a la impunidad. De la Espriella le está sacando el micrófono. Si sostiene el rumbo sin transformar la ofensiva en vendetta, Colombia deja de ser el laboratorio del relato y vuelve a ser un socio de seguridad. En esta región, eso no es poco.